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“Todo cuanto hay de valioso en la historia humana -las grandes realizaciones de la física y de la astronomía, de la medicina, de la filosofía y el arte, de los descubrimientos geográficos- ha sido obra de radicales” - Herbert Read.

París es aún más bello cuando estás medio dormido. (La felicidad en “Nuit et Jour” de Chantal Akerman) / Intermedio DVD




La normalidad es una serie de consignas culturales que metabolizamos en la vida en sociedad y que repetimos de manera inducida. Los triángulos amorosos se presentan en el cine mainstream o bien como aventuras sexuales de carácter especulativo o bien como triángulos escalenos con sus lados desiguales, una geometría desequilibrada que concluye en ruptura y en la que el placer es sucedido por la infelicidad.

En esas pautas del comportamiento amoroso de los seres humanos, cuando el amor es en gran medida una proyección de los deseos de los individuos, el cine juega un papel fundamental marcando modelos de conducta y ofreciendo códigos que el público comparte en esa metástasis colectiva que es la ideología del cine, a veces benigna y a veces perjudicial. Según esos modelos la felicidad, el amor, se da sólo entre dos personas. Hemos avanzado un poquito respecto a que necesariamente no deba de ser entre un hombre y una mujer. Pero los tabúes acerca de la felicidad que proporciona lo colectivo, donde significaríamos positivamente el viejo aserto de que “dos son pareja y tres son multitud”, siguen vigentes en el cine que presenta casi siempre, ya sea cine comercial o cine de nuevas sensibilidades, casos en singular e individuos aislados cuyo devenir ha de interesarnos porque suponen un llamativo ejemplo que es administrado por el status quo político-cultural como un placebo de la experiencia.

La tesis que defendemos es que lo colectivo nos hace felices. Al contrario de toda la maquinaria pedagógica en la sociedad autoritaria la contemplación del cine tiene un circuito de doble vía donde el mensaje no llega a instalarse del todo como una doctrina, sino que es deconstruido y reconstruido por los receptores. De esa manera explicamos lo amplios que son los mensajes progresistas en el cine, incluso en las sociedades más conservadoras, y el éxito que tienen entre un público que puede reconocer en la pantalla el carácter constituyente del bien aunque luego no lo practiquen en absoluto en su vida cotidiana, actitud que podemos transponer a la contemplación de asambleas o manifestaciones por sujetos que dicen estar de acuerdo con principios que no logran aplicar en sus relaciones.

En Noche y día (“Nuit et Jour”, Chantal Akerman, 1991) Julie (Guilaine Londez) está enamorada de dos hombres, que son por cierto compañeros en el trabajo. Con uno pasa el día y con otro la noche. Julie ha llegado al límite del amor con Jack (Thomas Langmann) y en ese límite desigual que disfrutamos hasta que necesariamente se contrae, Julie sin embargo se da cuenta de que puede amar a más personas al mismo tiempo y se enamora de Joseph (François Négret). Todos los diálogos de la película son de una poesía exacerbada, culminante, en la que, en cierto modo, ella no oculta nunca a sus interlocutores lo que le sucede, porque le es inevitable explicarse a sí misma como si contemplara la plenitud de la vida, gozando una situación que, lejos de atormentarla, la colma.

Estos personajes que emiten parlamentos bellísimos, que los cinéfilos podrían identificar amablemente como de seres bressonianos en puro extasis, yo prefiero identificarlos, sobre todo a ella, como una especie de envés femenino del Johannes de Ordet (Carl Theodor Dreyer, 1955) en el que el amor a dios, el amor fou en su literalidad, hubiera encontrado en el amor de Julie un objeto que efectivamente la convirtiera en una mística de la felicidad y en una arrebatada del encantamiento.

Julie le dice a Jack que se pone tacones porque sinó estaría demasiado cerca del suelo. Apoya su cabeza en Joseph y le dice que no duerme, que escucha los latidos de su corazón. Jack dice que son felices porque no se trata de un cuento infantil y que ve a Joseph dichoso porque sale con prisa del trabajo, pese a lo cual desconoce que es para encontrarse con Julie. Los signos de la felicidad en la película de Chantal Akerman son cotidianos, su poesía no consiste en ver las cosas de una manera irreal sino en tener una actitud que permite ver las cosas como en realidad son, que es como se ven  cuando uno es feliz y está enamorado, o sea, esencialmente poéticas, verdaderamente bellas, repletas de las huellas que con la felicidad vamos dejando en cada persona y en cada cosa.

Pese a todo, animales sociales, nos vemos condicionados por los prejuicios con que somos observados, ese equilibrio que sostiene Julie deja de soportarse cuando el malestar de Jack y la demanda posesiva de Joseph presionan, cada una por un lado, a una Julie que mantenía relaciones con los dos sin culpa, en una lógica gozosa en la que, si el amor te hace feliz, entonces cada minuto de la vida ha de colmarse en ello. La sombra de la que habla Jack ha de buscarse en su propio hábitat, un piso en París que la cámara de Akerman recorre en bellísimos travellings horizontales, como si la casa fuera un territorio diáfano e infinito en el que los personajes en su arrobo atravesaran muros y paredes y hablaran entre sí tan pronto juntos como a un lado y a otro del patio interior de un edificio, pero definitivamente vinculados, adheridos por una devoción que es más por lo que presienten dentro de sí mismos que por lo que sienten el uno por el otro.

Porque al fin y al cabo lo que se construye en el amor es a un tercero, un ser que tiene parte de los que ofrecen al menos una parte de sí mismos. Y como en las manifestaciones de la felicidad colectiva ese ser invisible en un trozo de los anhelos, de los objetivos, de los deseos, de las realidades de lo mejor de nosotros mismos. Lo colectivo es, como mínimo, un “ménage à trois”, algo que construimos entre el yo, el tú y el él, algo que cuando funciona se convierte en una hermosa orgía. Porque por mucho que el cine de masas se esfuerce en presentar a la multitud como a un animal de instintos primarios sólo es así cuando prima el culto al individuo y la masa se ve dirigida con una sola voluntad que le es, además, ajena, ya sea una doctrina autoritaria como un personaje siniestro. En cambio cuando somos dos, o sea tres, en libertad, nuestra inteligencia se suma a la inteligencia colectiva y, como alguien dijo, puede que ello no nos haga automáticamente felices a los seres humanos, pero nos hace, sencillamente, humanos.

José Ramón Otero Roko

Publicado en el Periódico Diagonal, en Diagonal Web y en la Revista Versión Original (Abril de 2013) 


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